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latinforme

6 Octubre 2008

La crisis mundial beneficia a la Argentina

Es claro que la intensidad de esta crisis golpea y seguirá golpeando a las economías mundiales. Lo que no era tan claro hace un par de meses, era si golpearía a las emergentes y muy especialmente a Latinoamérica, puesto que sus favorables y mejoradas condiciones macroeconómicas con respecto al pasado, las ubicaban en una altura difícil de alcanzar.

Pero hay un problema, y es la psicología. A la que nadie le escapa y a la cual no sólo los operadores mundiales, sino a los inversores en general los golpea, casi más a veces que la magnitud de la crisis per se.
Los mercados no reflejan más que los comportamientos humanos, y las bolsas de valores son sus receptores. El planeta entero en todas sus fases y en todas sus geografías, criaturas y cuerpos celestes, está gobernado por excesos y correcciones. Como un péndulo que va y viene. De la abundancia, optimismo y crecimiento, a la escasez, pesimismo y depresión.
Discutía con gente de mercado este fin de semana acerca de esta crisis y su generación (tema inevitable e ineludible en toda reunión con colegas, mismo en fin de semana), y alguien decía que “termina una etapa de fuerte especulación en el mercado de capitales como consecuencia de la crisis subprime.” Pero esta “especulación” no nace con la burbuja inmobiliaria. Ni tampoco con la burbuja de los commodities de 2000 ni de Internet de los ’90. Sino que se genera hace unos 20 años, como consecuencia de una fuerte desregulación surgida en la era Reagan y luego alimentada con una baja de tasas desde el 2001, con una política crediticia expansiva que generó un festival de consumo, niveles en mínimos históricos de ahorro y endeudamiento récord tanto en consumidores como en inversores. Desde allí se dio espacio a la creación de todo tipo de instrumentos financieros para comprar con cada vez menos capital y cada vez mayor riesgo: el festival de productos estructurados sin control. Un nuevo exceso, que daría lugar a una nueva corrección. No veo a nadie que pueda lanzar hoy la primer piedra. La culpa alcanza a todos, tanto a las autoridades políticas y financieras por permitir su desarrollo, a los banqueros y traders por desarrollarlos y operarlos, y también a los consumidores por esa dudosa actitud de postergar los pagos pero no los consumos.
El líder por la Minoría en la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU, el Republicano de Ohio, John Boehner decía la semana pasada que “esta situación es el resultado de un Washington quebrado que falló en sofrenar los excesos de Fannie Mae y Freddie Mac, y de una estructura regulatoria obsoleta que le ha fallado a los estadounidenses y debiera haber sido reformada hace tiempo.”
Una vez más, la crisis ha llegado a todos los rincones del planeta. La financiera ya ingresó y la económica se está debatiendo cómo y con qué intensidad se presentará, a pesar de que los signos ya se han comenzado a vislumbrar en algunas partes más fuertemente que en otras. Y cuando esas economías son, como la Argentina altamente dependientes de las condiciones externas (favorables durante estos últimos tres años con el auge de los commodities, los cuales otorgaron a la Argentina un excepcional colchón de reserva que no ha sido utilizado como reserva propiamente, sino como incremento de gasto público), pues es cuanto menos improvisado decir que el efecto no llegaría al país.
En Argentina existen reservas suficientes para frenar una corrida contra el peso, asegura el presidente del Banco Central, pero no hay medida alguna que pueda frenar la psicología negativa que este cimbronazo financiero ejerce sobre no sólo los inversores, directamente ligados a la inversión en mercados, sino sobre aquél consumidor que va a comprar un aire acondicionado para pasar el verano más fresco, pero que probablemente no compre porque no sólo puede pensar y con justa razón que sus ingresos puedan deteriorarse, sino que las tasas a las que su tarjeta de crédito le financiará la compra han subido entre un 30 y un 40% en la Argentina este año. Por no decir que puede temer por perder su trabajo, también.
“La pérdida de riqueza en Wall Street tendrá su correlato en una caída del crecimiento económico global y, en particular, en el fin del fuerte viento de cola que favoreció a la Argentina en los últimos cinco años, que se transformará en un viento de frente”, señala el diario argentino La Nación.
Y el economista de Morgan Stanley, Gray Newman, puso el dedo en la llaga: “La sensación de refugio seguro con la que se definía a la región hace un año puede ser correcta respecto de las mejoras estructurales que se vieron, pero este foco ahora parece irrelevante. Enfrentados a una seria caída del ciclo, temo que muchos creyentes de esta tesis seguro pondrán su confianza en duda cuando la desaceleración de Estados Unidos se transforma en un serio camino de menor crecimiento mundial.”
Y advirtió que quienes no previeron para tiempos de crisis, la pueden pasar mal. “Si a los países que hicieron bien las cosas esto les pega duro, como Chile, las noticias serán peores para los otros países, que optaron por gastarse la mayoría de los recursos que acumularon en los últimos años”.
Pero cuidado. Argentina no comienza a desacelerar ahora, producto de la crisis internacional. Argentina ya viene desacelerando su crecimiento a tasas chinas desde antes del comienzo de esta crisis. Con una inflación desalentadora de la inversión y del consumo, con pérdida de credibilidad en el exterior debido al dibujo de los números inflacionarios y de crecimiento (el FMI estudiaba eliminar a la Argentina de su reporte anual lo que generó un viaje urgente de funcionarios del INDEC, organismo público encargado de las mediciones), la caída en el precio de los commodities con menor recaudación por vía de retenciones (18% de la recaudación total) y golpe a los superávits comercial y fiscal, el aumento del gasto público con estructuras de subsidios e impuestos distorsivos y crecientes, todas alertas que ya venían adelantando que un reacomodamiento pronto se produciría.
Y esta crisis externa es hoy aliada de la Argentina. Es la excusa ideal para sus gobernantes para ubicar las responsabilidades a nivel externo, y no aquellas que indiquen que los problemas se vienen originando en casa.
Países receptores como la Argentina, sin defensa para hacer frente a crisis externas, (por más que macroeconómicamente la tengan) pagan por sus pecados pero también por los ajenos, en este caso la debacle financiera originada en Estados Unidos. Como dicen en el mercado, la Argentina se pierde las fiestas pero no los velorios. Cuando la Argentina se resfría nadie estornuda pero cuando el mundo se resfría, la Argentina termina con severa pulmonía.
Hasta la próxima,
Paola Pecora

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